Montar a caballo con final refrescante

Hacía tiempo que me apetecía hacerlo. Y el día había llegado.

Quedé con mi sumisa para ese día por la mañana. ella tenia el día libre como muchos martes, yo utilicé un día de mis vacaciones. No la comenté a donde íbamos a ir. Algo que era habitual en mi. Una de las veces la sorpresa fue enseñarla a rapelar en unas rocas grandes del final de la sierra de Madrid, otra dar un paseo por un bosque, donde terminó atada desnuda a un árbol y hasta probó que las palas de madera de jugar a la pelota en la playa son mucho más “efectivas” que mi manos en sus nalgas.

Hice los preparativos. Llamé a la hípica que conocía, donde había estado 2 veces dando un paseo, no una de las mía habituales, por supuesto, la buena fama de persona respetable hay que conservarla allí donde la tienes, jaja.

Le di las indicaciones oportunas y quedamos en una gasolinera cercana a la hípica. Cuando llegué baje del coche, le dí un beso, le dije lo guapa que estaba y le pregunté que si estaba muy caliente. Una pregunta que favorece que se realice la respuesta, jaja.

Continuamos un pequeño trecho, yo delante guiandola y llegamos en pocos minutos.

Entramos y mi sumisa cuando vio los cercados con caballos ya se hizo a la idea. “Ah, vamos a montar a caballo, genial, me encanta la idea”. Había montado de pequeña y le gustaba.

No se imaginaba qué sorpresa añadida incluía lo de montar a caballo, jaja.

Nos presentaron a quien nos iba a acompañar en el paseo. Yo sabía que había dos personas posibles : una mujer joven y un hombre joven. Para lo que tenía pensado hacer había algunas diferencias en que fuera uno u otro y yo tenía mi preferencia. Más adelante os contaré sobre esto.

Nos prepararon los caballos, nos montamos, dimos unas vueltas por la pista vallada para calentar la musculatura de los caballos, la nuestra y acostumbrarnos a los caballos, conocerlos un poco.

Salimos de la hípica y fuimos tranquilamente al paso, disfrutando del buen día que hacía, de estar al aire libre, del campo, del precioso paisaje.

Ibamos dirección al río, para tomar un camino paralelo al agua, bordeado de arboles y con sombra.

No había nadie. En día de diario ya me habían comentado los de la hípica que aquello estaba absolutamente tranquilo.

Notar los trancos del caballo, ver las cosas desde su altura, moverte estando sentado, concentrarte en guiarlo, todo junto era muy agradable.

Yo iba el último, detrás de mi sumisa. Un placer añadido el ir viendo sus caderas y su culo, sentada en la silla, movida por el andar del caballo.

Llegamos a la zona de arboles. El paisaje era aún más bonito, mas verde. Y ver correr el agua y oír su murmullo era genial. La sombra también venía bien. Ya no era verano, las vacaciones habían pasado, pero era el comienzo del otoño y al mediodía seguía haciendo calor.

De vez en cuando hacíamos alguna parada y la persona que iba de guía nos comentaba cosas a ver, anécdotas de los distintos sitios.

Aproveché una de las paradas. Y le comenté a quien nos acompañaba : Este es un sitio precioso. Voy a hacer unas fotografías. Me contesto que claro, que aprovechará que en esta época del año la zona estaba muy bonita. Hice unas fotos a mi sumisa, me baje del caballo y le hice otras desde el suelo, mientras el caballo era sujetado. Y luego hice la pregunta que llevaba tiempo con muchas ganas de hacer : “Me gustaría hacer a esta preciosa mujer unas fotos montada a caballo desnuda, ¿te importa que se las haga?

Note que mi sumisa se sonrojaba de la vergüenza, que la cara expresaba además asombro y sorpresa. Que mentalmente se estaba quitando ya la camiseta y el sujetador y se veía ya con las tetas al aire mientras yo hacía fotos y quien nos acompañaba la observaba.

Y era en este punto donde había diferencias.

Si venía con nosotros la mujer, la actitud sería de “vaya guarra”, de desprecio por lo “puta” que era esa tía. Pondría gesto de asco y miraría los arboles

Si venía con nosotros el hombro la actitud sería de “la puta esta va a alegrarme el día, vamos a disfrutar del espectáculo”. Y se la quedaría mirando los pezones mientras se le abría la boca y babeaba

Yo prefería para esta vez la reacción del hombre. Que mi sumisa se sintiera observada intensamente … y admirada. Que sintiera vergüenza pero también disfrutara sabiendo que estaba poniendo caliente al monitor de la hípica.

Con lo que cuando me dijeron, cuando hablé por teléfono para confirmar la reserva que venía con nosotros el hombre lo había aceptado, si no hubiera comentado que prefería al hombre.

Le dije a mi sumisa, con una sonrisa, medio bromeando, “venga, no seas tímida y quítate la ropa por arriba, que vas a salir preciosa en las fotos y a este señor no le importa”. Esta última parte de la frase hizo que su mirada se ensombreciera, un poco de mala leche o de odio se asomó a sus ojos, como pensando, “que le va a importar al señor, al revés, va a ponerse “morado” a mirarme”, jaja.

Sujeté su caballo mientras ella se sacaba la camiseta por arriba de los brazos y luego se quitaba con habilidad el sujetador. Note un ligero retraso en quitárselo del todo, pero mi mirada la hizo decidirse a exhibir sus preciosos pezones y su pecho completamente

Hice 10 ó 12 fotos desde distintos ángulos. Algunas discretamente incluyendo al monitor a caballo, mirándole fijamente las tetas a mi sumisa. Después en casa distorsione ligeramente la cara, para que no se le identifique, pero se sigue notando perféctamente que la está mirando con gran atención.

“Ahora bájate del caballo y te hago algunas fotos mientras tienes al caballo de las riendas”.

La ayudé a bajarse, que no se diga que no soy todo un caballero, si es que soy demasiado bueno como Amo, jaja

Hice otras cuantas fotos.

Cerré el objetivo de la cámara y mi sumisa pensó que ya había acabado el tema

Y acercó su mano a la ropa que tenía yo, mientras me preguntaba (en voz baja, para que no la oyera nuestro espectador) : ¿Puedo ya vestirme?

“¿Vestirte ya?”, respondí, pero si estás preciosa. Y me dirigí al monitor: “¿Oye, verdad que no te importa que se desnude del todo, que no te da corte?”

El de la hípica puso cara de circunstancias, aunque yo le noté que se sujetaba las manos para no empezar a aplaudir.

“¿Ves?, No le importa, si aquí no nos ve nadie”

La sombra en la cara de mi sumisa volvío a salir, un poco más intensa.

Luego note que la cara cambiaba. Y se transformaba en un gesto de sumisión y algo más. Excitación.

Le dí la mano para que se apoyara y se quitara el pantalón y las bragas.

Me acerqué a ella y la dije al oído : “Las bragas están mojadas, brillan de tu humedad, so perra cachonda, jaja”. Me miro y se echó a reír. Por una parte de que la había “pillado” excitándose, aunque conociéndola sabía de sobra que iba a ocurrir. Por otra por la complicidad de estar viviendo juntos una situación muy morbosa.

Le hice unas fotos llevando al caballo de las riendas, otras apoyada en el caballo, algunas de ellas con el espectador al fondo, que enseñarle como había sido observada sería divertido.

“Venga ahora montate al caballo desnuda y te hago unas fotos más”.

La ayude a subir. La cara del monitor viendo la exhibición de lo que aún no había visto bien y que se mostró plenamente al subir al caballo necesitaría una oda entera escrita por un poeta clásico para ser descrita, jaja.

Me monté yo también y seguimos un rato a caballo. Dos vestidos y una desnuda, jaja.

Hice mas fotos, algunas incluyendo la sonrisa de familiaridad y confianza con que a esas alturas el monitor miraba a mi perrita.

Noté que mi sumisa miraba a los lados, buscando obviamente si había alguien cerca, si se acercaba alguna persona.

La dejé que fuera un rato con ese miedo a ser pillada desnuda.

Luego le comenté al monitor que parábamos y que la ayudaba a bajar del caballo y a vestirse.

Me acerqué a ella y la di la ropa y la mano para que se pusiera braguitas y pantalón. Luego la dije en voz baja pero suficientemente alto como para que se oyera : “has mojado la silla. No se si de sudor o de qué, jaja” Enrojeció aún más intensamente que antes. Yo de forma discreta saque un clinex y sequé la silla. Casi no se notó, jaja.

Nos volvimos a montar y continuamos el paseo.

Noté que mi sumisa se relajaba. A ratos se sonrojaba un poco, cuando su mirada se cruzaba con la del monitor, pero se le fue pasando la vergüenza y se dedicó a disfrutar del paseo a caballo, pensando que la parte de sumisión, vergüenza y morbo había terminado.

Pero estaba equivocada, jaja, aún la reservaba la última maldad.

Y la última suele ser mas intensa, ¿no es cierto?, jaja

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¿Te gusta leer mis escritos? ¡ Pues imagínate ser la protagonista y vivir realmente alguna de mis sorpresas !

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2 Responses to Montar a caballo con final refrescante

  1. Curiosa says:

    Por favor, que última maldad?…. eso de no continuar los relatos …………. fastidia un poco cuando estás, ains como decirte.

    Espero que el próximo día que se me ocurra leer en su blog ………………. xdios tenga el final .

    Un saludo Señor maestro, no sea tan malo y no omita las maldades.

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